martes, 11 de septiembre de 2012

El corazón de Dios

 Horst Schäfer

En esta larga historia siempre ha habido
silencios que acompañan,
murmullos inaudibles en el aire
como de alguna fiesta en el jardín
de una vaga memoria hecha pedazos.
Tomas las educadas precauciones
de quien teme invadir la casa ajena,
hay que estar más bien solos para oír
en medio del estruendo del orgullo
la voz que habla callando desde dentro.

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Andar todos sabemos,
pero bailar con músicas que se oyen
en nuestro corazón
es un asunto más bien delicado.
Tú haces fácil lo que es inexplicable,
sigue sin entenderse,
y el baile que no cesa
explicará a lo vivo tu presencia.

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Son de materia indefinida, pero
no dejan de ser tigres.
Existen más bien poco, y sin embargo
suelen tender feroces emboscadas
en la imaginación;
rugen con mucho estilo,
y se esfuman después
de bárbaros zarpazos irreales.
A la larga, de tanto frecuentarlos
se admite que ya son de la familia.
¿De dónde salen éstos?, te pregunto.
¿No habíamos quedado en ser felices?

Carlos Pujol
En El corazón de Dios.
Cálamo poesía.