martes, 17 de octubre de 2017

Guillermo Carnero: Factoría de gárum en Bizerta

Tallaron en la costa un estanque somero
donde la piedra aflora blanda y lisa,
y al subir la marea acudían los peces,
pocos, cuantos concede un mar mezquino.

Los secaban al sol, el Sol de Ascanio,
el de los argonautas, el de Ulises,
al pie de unos olivos desmedrados
ajenos al auspicio de Atenea.

Tuvieron termas con un mosaico pobre
-un solo friso de teselas pardas-,
una taberna con un par de cántaros
y un lecho de ladrillo para mujer barata.

Ni una inscripción; los restos de una noria
y los de una sandalia, cuatro fíbulas,
una tanagra, el asa de un caldero
y una ánfora pequeña con los huesos de un niño.



Guillermo Carnero
En Regiones devastadas.
Fundación José Manuel Lara. Vandalia.

Sharon Olds: Dos poemas

DESPUÉS DE 37 AÑOS MI MADRE SE DISCULPA POR MI NIÑEZ

Cuando te inclinaste hacia mí, con los brazos extendidos
como quien intenta atravesar el fuego,
cuando te dejaste llevar hacia mí, gritándome que
sentías lo que me habías hecho, los
ojos rebosantes de líquido terrible como
bolitas de mercurio de un termómetro roto
que patinan por el suelo, cuando en silencio gritaste
¿Hacía dónde podría haberme dirigido? ¿A quién más tenía?, tus
manos como loza partida que se hacia mí, el
agua que rompe desde los ojos como la humedad de las
piedras bajo una presión extrema, no pude
ver lo que haría con el resto de mi vida.
El cielo parecía hacerse añicos, como una ventana
que alguien reventase desde dentro o desde fuera, tu
rostros pequeño brilló como si estuviera
hecho de cristales rotos, con verdadero arrepentimiento, el
arrepentimiento del cuerpo. No pude ver lo que
serían mis días contigo arrepentida, con tu
lamento por haberlo hecho, el
cielo que caía a mi alrededor, sus cascotes
que resplandecían en mis ojos, tu cuerpo viejo
y suave caído sobre mí con horror,
te estreché en mis brazos, dije Todo está bien,
no llores, todo está bien, el aire repleto de
cristales rotos, yo, que apenas supe lo que te
decía o quien sería ahora que te había perdido.


PISCINA EN CALIFORNIA

Sobre la mugre, las hojas muertas del roble vivo
yacían como caparazones secos de tortuga
quemados y crujientes, las puntas afiladas como
aguijones de avispa. Mosquitos saciados
colgaban del aire como tiburones en el agua,
y cuando sostenías el sándwich de atún
una esfera dorada de avispas
se reunía junto a tu mano en el aire
y se movían cuando tú te movías. Todo giraba
alrededor de la gran piscina, azul y
resplandeciente como las aguas sagradas en
Cocodrilópolis, y los chicos
salían de debajo del agua por sorpresa
para tirarte. Pero el verdadero centro eran los
vestuarios: los bañadores húmedos
el olor a cloro, el hormigón frío,
la pared de pino astillada, el otro lado
donde estaban los chicos, de hecho
desnudos, en la nebulosa como
sombras en el fondo de la piscina, donde los cocodrilos
relucían en sus pieles escurridizas. Todo el verano
el agujero de la pared de madera me susurraba
ven a ver, ven a ver, ven a comer y a ser comida.



Sharon Olds
en La célula de oro.
Traducción de Óscar Curieses.
Bartlheby editores.


Adam Zagajewski: Julio

Es julio, los mirlos ya han dejado de cantar
.Estoy sentado en un banco a la orilla de un lento río,
Escucho una discusión de dos amantes llena de odio,
No los conozco y nunca los voy a conocer.

Sudados deportistas corren por el camino.
El solo de la mañana brilla indiferente
En la tranquila agua oscura,
Una encarnación de la pasividad.

Un chiquillo lleva una bolsa de plástico
Con las letras chillonas Men´s Health.
Las almas no se encuentran casi nunca,
Los cuerpos luchan al amparo de la oscuridad.

Por la noche cae una lluvia delicada como un haikú.
Al amanecer sobre la ciudad balbucean unas campanas ligeras.
Mientras sigamos vivos.



Adam Zagajewski
En Asimetrías.
Traducción de Xavier Farré.
Acantilado.

lunes, 18 de septiembre de 2017

Verónica Aranda: Dos poemas

BÚSQUEDA

YO buscaba en tu cuerpo las guirnaldas de ser,
la senda de granados repoblada
con las ardillas grises del silencio,
algún poniente malva
o aquella decisión a corto plazo
que se va meditando en los caminos.


FUGACIDAD

El futuro erizado o en los pezones,
su floración oscura
frente al desasosiego de la alberca.
y no aferrarse a nada. En los lugares
ambiguos del deseo
tan Sólo una canasta de toronjas
y el lino que se rasga en los establos.


Verónica Aranda
En Cortes de luz.
Ediciones Rialp

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Esther Cabrales: Un poema de Erosión

A estas alturas
puedo
estoy en condiciones de afirmar
me atrevo de hecho a verbalizar
a escribir incluso
que estoy fuera del mundo
que me he ido.
Me he ido de mí,
de mí y de todo,
de todo en cuanto estaba,
de todo y de todos.
Fuera del mundo,
me he ido de mí y del mundo,
me hallo
en el afuera de todo
allí
donde no estás tú.

Esther Cabrales
en Erosión.
Renacimiento.

Abraham Gragera: Enigmas de la naturaleza

Para Juan Carlos Reche

ERA mi libro favorito.
Era un regalo de mi padre
lleno de gráficos y epígrafes,
fotografías en color
de máscaras, de buceadores
en el antártico, entre nubes
de krill; de esquirlas de cristal,
de ocelos y cefalotórax
vistos con microscopio cien
veces más grandes, e indecibles,
como lo que sentía con:
y los árboles se volvieron
piedra, escrito junto al fósil
en el que me costaba un poco
dar con el  árbol. O al llegar
a lo de la partenogénesis.
o al tratar de entender qué fue
lo que llevó a las procariotas
a fagocitar otras células,
y a convertirse en eucariotas,
inaugurando la noción
misma de vida, separando
lo vivo y lo inerte en el mar
primordial.
                       ¿Fue de mutuo acuerdo,
la carencia de núcleo y de
membrana respectivamente?
¿O el hambre sin más y la lucha
por la supremacía? ¿Fue
un acto rutinario, ciego,
o  una singularidad? ¿Cómo
se llega a ser nosotros?

Qué hacemos aún allí,
mi padre y yo, sin responder;
yo con mi libro favorito,
él con mi vida por delante;
los dos mirando al infinito
más próximo, no con nostalgia,
sino con nuestra única certeza:
que no nacemos, no morimos
sólo nos separamos.


Abraham Gragera
En O Futuro.
Editorial Pre-textos.

lunes, 31 de julio de 2017

Josep M. Rodríguez: Dos poemas de Sangre seca

VARIACIÓN STANDFFORD


Conducía a través de un estrecho sendero de montaña.
Noche azul y, de pronto,
me encontré un ciervo
                                      muerto.

Bajé del coche y anduve hacia el cadáver.
La piel suave. El cuerpo, casi rígido.

¿Dónde miran los ojos de los muertos?
¿En qué lugar coinciden sus  miradas?

Lo fui arrastrando hacia el desfiladero.
Antes de despeñarlo,
me fijé en su barriga extrañamente desproporcionada,
que aún estaba caliente.

Y entonces, la palpé:
en su interior un cervatillo
                                            inmóvil,
donde nace la muerte.



JARDÍN

Después de la tormenta,
las hojas que han caído alrededor del árbol
empiezan a pudrirse.

Gotean los rosales:
son un cuadro de Pollock
queriendo deshacerse.

Mi madre me contó
que la primera vez que vi la lluvia
empecé a llorar,
como si por entonces ya entendiera
que en la belleza hay algo doloroso.

Es invierno. Y hay una bruma leve,
fría,
como un velo de novia en la mesa de autopsias.

Dime,
¿qué crees tener que ya no hayas perdido?



Josep M. Rodríguez
en Sangre seca.
Hiperión.