martes, 22 de mayo de 2018

Miguel Ángel Velasco: Fractal

A Antonio Escohotado

VIOLENTÉ la bisagra
del ver, saqué de quicio
la ventana del alma. Se quebró
la mirada perpleja
en un repunte lívido:
el de la espuma en el crespón del mar,
el de la escarcha en el perfil del cardo.
Lo vi de nieve en la calada nube.
Era una fiebre blanca de puntillas,
un desflecarse el mundo en una fuga
de escalas sin motivo
en abanico roto de infinito.
Vi la costura cruda
de la rosa en esquema.
Vi esa larva encorvada en la liana
del tiempo, nervadura
de la procesionaria que roía
el báculo del juicio.


Miguel Ángel Velasco

En Pólvora en el sueño (Antología)
De La miel salvaje.
Chamán ante el fuego.

domingo, 20 de mayo de 2018

David George Haskell: Las canciones de los árboles






En Nueva York obstaculizar el tráfico peatonal sin “un objetivo legítimo” o, peor todavía, “con la intención de provocar molestias”, es una infracción del código penal del estado por alteración del orden público. La pena para esa transgresión puede incluir una estancia de quince días en la cárcel estatal de la isla de Ribera, aunque la mayoría de gente solo tiene que pagar una multa y realizar servicios a la comunidad. Claro que, en una ciudad, caminar o detenerse en una acera es obstaculizar a alguien, de modo que la ley puede servir como una hebra de una red en el contexto de la cual la policía puede parar a todo el mundo en cualquier momento. Los árboles urbanos se encuentran en una infracción perpetua: todos son obstaculizarores y mantienen, así como observó Howard Nemerov, “un silencio completo” sobre su intención y objetivo. Como los árboles, los seres humanos contemplativos son personas que hacen caso omiso de Las ley leyes vicarias. Asistir sin objetivo es una alteración del orden público. Dejar de moverse es una infracción. Detenerse bajo un árbol de la ciudad es un acto de microsubversión, algo que quizás no se les escape a los hombres bien trajeados que tan poco se acercan a la sombra del peral. No solo es la madera la que incorpora a su ser el zumbido y la ley  de la ciudad.



David George Haskell
En Las canciones de los árboles. Un viaje por las conexiones de la naturaleza.
Turner Noema.

sábado, 28 de abril de 2018

Robert Lowell: Agua

Era un pueblo langostino de Maine:
cada mañana cargamentos de obreros
zarpaban rumbo a las canteras
de granito en las islas,

y dejaban atrás docenas de lóbregas
casas de madera blanca adheridas
como conchas de ostras
a una colina rocosa,

y a nuestros pies, el agua lamía
el laberinto de toscos palillos
de una encañizada
en la que se capturaban los peces usados como cebo.

¿Te acuerdas? Nos sentamos sobre una roca.
Ha pasado ahora tanto tiempo
que me parece que era del color
de un lirio, pudriéndose, cada vez más morado,

pero era sólo
la típica roca gris
volviéndose del típico verde
al empaparla el mar.

El mar empapó la roca
el día entero a nuestros pies,
y no dejó de arrancarle
una esquila tras otra.

Una noche soñaste
 que eras una sirena aferrada a un muelle
y que tratabas de arrancar
los percebes con la mano.

Ojalá nuestras dos almas
puedan volver como gaviotas
a la roca. Al fin y al cabo
el agua estaba demasiado fría.


Robert Lowell
En Por los muertos de la Unión
En Poesía-1 1946-1967
Vaso roto esenciales poesía.

Traducción de Andrés Catalán

lunes, 16 de abril de 2018

Nuria Barrios: Tres horas de diferencia

TRES HORAS DE DIFERENCIA

separan mi día del día de Steven.
Nuestras voces recorren la distancia 
saltan de una antena 
                              a un repetidor a 
                                                   las ondas que ahora impulsan 
una bandad de gansos que migran al sur.
En el aire se cruzan las noticias:
Mi madre sigue viva.
Mis padres siguen vivos.
Los gansos transportan el ritual del encuentro
Como un cartel publicitario 
ondeando 
en la cola de una avioleta.
Me dice: mi mujer acaba de despertar.
Un zumbido distorsiona su voz: 
tiene un linfoma de Hodgkin. 
Recuerdo bien a su mujer 
viví con ellos un verano.
Steven me dejaba su coche para ir al trabajo 
un BMW automático blanco 
nada que ver con mi Renault 5 gris 
cuatro marchas 
tres puertas 
de segunda mano.
Yo iba por la autopista americana 
hacia un trabajo de mierda 
como na rapera blanca 
en un deportivo blanco.
Cuando regresaba a la casa 
me sentaba en un sofá de cuero negro 
con un libro y un vaso de leche 
en el salón solitario.
Una noche entraron Steven y su mujer.
Ella le dijo:
Dile que coja un posavasos.
Sí, recuerdo bien a su mujer.
Me gustaba más su amante 
tenía sangre irlandesa 
un exmarido borracho y un periquito azul.
Al final del día 
colocaba alpiste en sus labios 
abría la jaula del pájaro 
y al norte de Harlem 
en una cocina diminuta 
acaecía el milagro de la Anunciación: 
un rostro de mujer arrebolado 
y en us boca, prendido, un latido azul.
La voz de Steven se alza sobre el recuerdo: 
todos nacemos con un destino 
sólo podemos seguir nuestra estrella.
Y cuelga.
Los gansos continúan su viaje ineluctable hacia el sur 
mientras Steven y yo retomamos nuestro camino 
con tres horas de diferencia.


Nuria Barrios
En La luz de la dinamo.
Fundación José Manuel Lara. Vandalia.

miércoles, 11 de abril de 2018

Ángel Manuel Gómez Espada: Hace veinte años el futuro

Decidme los nombres de todo 
tal y como yo os lo he dicho. 
ANDRÉS GARCÍA CERDÁN

Hace veinte años el futuro era metalúrgico.
Desde luego, no era esta ciudad,
estas calles amarillas que fotografío,
estos cafés de debate y mercadillo.
Ni esta casa donde habito,
patrocinada por las repúblicas independientes de Ikea;
ni mi madre en una silla de ruedas,
viuda y con dos piernas como columnas jónicas;
ni mi hermano en el paro,
cosido a una incertidumbre
patrocinada por el Banco Santander;
ni los amigos tan lejos,
en los extrarradios de Europa.
Por supuesto, no entraba dentro de los planes
de aquel futuro siderúrgico y profiláctico
este trabajo que me abochorna y aletarga,
que se come mis memorias de domingo;
ni esta mascarilla que me proporciona
el oxígeno suficiente para seguir ejerciendo
el difícil arte del sueño;
ni una hermosa ahijada en Lyon
que enciende cualquier primavera
y que crece durante llamadas telefónicas.
Algunas certidumbres sí que estaban:
Lisboa, París, Roma, Pekín
y el dulce reencuentro con la nieve,
siempre bienvenida.
Pero de alguna manera tú sí estabas.
Comenzabas a mostrarte en aquella nebulosa,
a convertirte en lo que acabase siendo:
esa melodía a la que uno siempre regresa,
como regresamos a Mozart o a Pessoa,
y que nos obliga a sentirnos cómodos
y en armonía con la vida,
por muy cenicienta que se nos presente,
agazapada entre nieblas y dudas.
Porque la vida es Luciano cantando Nessun Dorma
y no lo que asoma por los telediarios.
Es tu pure, o Principessa, Nella tua freda stanza,
y no caídas en las bolsas europeas,
cadáveres en Siria o Palestina,
matanzas en Boston o en Connecticut.
La vida es tu mano mostrándome el futuro,
semilla y certidumbre.


Ángel Manuel Gómez Espada
En Ventana de emergencias.
Huerga & Fierro editores


miércoles, 4 de abril de 2018

Pedro Gascón: Estados y espacios

Para Agustín y Magda

HACE años que mi padres está ausente.
Tiempo extraño de búsqueda imposible
y llamadas sin respuesta.
Mi madre ha conservado en ese tiempo
un cajón de memoria
donde guarda, de manera pulcra y ordenada,
prendas de vestir del ausente.

Algunas veces, he abierto ese espacio
observando su contenido.
Quizá mi madre espere, todavía,
que mi padre sea quien lo abra
y recoja de él las prendas intactas.

Ahora, que el tiempo es otro,
que mi hija ha abierto un nuevo cajón de ese armario de la memoria,
que el vacío y los huecos han quedado llenos por su presencia,
que mi madre abre el armario
para coger únicamente prendas para su nieta,
es ahora cuando abro el cajón de las ausencias ordenadas
y decido vestir esos ropajes.

Sin duda, ahora, yo soy el padre.



Pedro Gascón
En Las mudas soledades.
Chamán Ediciones.

domingo, 1 de abril de 2018

Shinkichi Takahashi: poemas de En la quietud del mundo

SONIDO DEL VIENTO ENTRE LOS PINOS

ESCUCHABA el sonido del viento entre los pinos,
inunda las entrañas su tristeza,
suena como el rumor del oleaje,
alto en el cielo meciendo las copas
de los grandes árboles.
Es espantoso y profundo el desamparo
del sonido del viento entre los pinos.
Desoladora música,
es imposible olvidarla.
Como si el mundo llegara a su término,
vibra el sonido del viento,
el constate sonido del viento,
del dios sin figura que rasguea
como un koto las copas de los pinos.


UN BOSQUE DENTRO DEL SONIDO

Los pinos meciéndose,
el humo dispersándose,
un bosque dentro del sonido.

Pérdidas mis piernas,
el narciso en el agua reflejado,
rostros desvanecidos en el sueño.

Frío viento,
recuerdo blanco de camelias,
intermitencia de la cálida lluvia.

En la orilla del río,
esperamos con calma a que se aclare el agua
y retoñe el sauce.

Quema el tiempo, aun ahora, en las ruinas del incendio.
Yo, que vivo aquí sobre esta tierra, soy otro.



PÉTALOS


COMO los pétalos
de una flor,
incontables,
el tiempo,
marchito, disipado.
La suma de las vidas
de los hombres
se hundió en silencio en el olvido,
alimento para el pez de cola roja.
Bajo la luz lunar,
en los rabiones,
fluían, flotaban pétalos.
Entre las rocas,
esparcidos,
en lo oscuro.
Pero continuaba el tiempo floreciendo.



Shinkichi Takahashi
En En la quietud del mundo.
Editorial Pre-textos.